martes, 13 de mayo de 2008

URGENCIAS


Qué veterinario clínico no podría pasar horas contando anécdotas y curiosidades que le han ocurrido durante las horas de guardia. Como tantas otras cosas en esta profesión, el servicio de urgencias y la forma de prestarlo ha ido evolucionando muy rápido en los últimos años. Hemos pasado de hacer una cesárea en la mesa del comedor del cliente, ayudados por nuestra novia a poder disponer de unos quirófanos muy bien equipados y con auxiliares preparados. De tener que acudir con nuestro coche a la clínica a cualquier hora del día, a poder disponer de una habitación con cocina, cama y algunas comodidades más para pasar las horas de guardia.

También quedan lejos los años en los que (al no existir el teléfono móvil) nos veíamos obligados a dar nuestro teléfono particular de casa, bueno, mejor dicho el teléfono de casa de nuestros padres. Cúantas veces nuestra madre, abuela u otro familiar no se ha visto en la situación de tener que atender la llamada de urgencia de un cliente;

".. y no podría usted decirme que puedo darle"

"pues mire...soy su madre (del veterinario), no tengo ni idea de lo que le puede pasar a su animal"

" ya, por eso, como era su madre por si usted sabía algo.." .

El móvil, bendito invento, sigue siendo o es (en un gran tanto por ciento) un apéndice más del veterinario. Conozco compañeros que han tardado muchos años en comprarse uno porque el simple sonido de la llamada les ponía de los nervios. Esto ya se ha solucionado con los politonos y melodías.

La relación entre la profesión y nuestros familiares merece una mención especial. Quién no ha implicado durante los primeros meses de trabajo a su novia/o como ayudante en operaciones, dependiente, recepcionista y multitud de funciones más. Lo negativo de esto era cuando la persona en cuestión tenía mucha voluntad pero su cuerpo no estaba habituado a ver sangre o animales abiertos "en canal". Recuerdo tener que dejar el animal a media operación para poder levantar a mi novia del suelo. Y quien dice novia dice también algún cliente que otro que ha rodado por el suelo de la clínica, bien porque a algunos clientes les gusta mirar y participar en todo lo que le hagas a su animal, bien por nervios y no poder aguantar la visión de la sangre.

Los nervios ante situaciones de urgencia juegan malas pasadas a todo el mundo. Que se lo pregunten a aquellas personas que acudieron como alma que lleva el diablo a la clínica porque su perro se encontraba muy mal y al salir el veterinario y pedirles que lo pasaran a consulta, fueron al coche y se dieron cuenta que lo habían olvidado en casa con las prisas.

Sin embargo, ponerte de los nervios es cuando te llamaban diciendo que al perro "se le salían las tripas por detrás", tenías que dejarte la comida en la mesa y cuando examinabas al animal, descubrías un gran tapón de heces y pelos obstruyendo el ano. Aunque lo resolvieras pronto, ese día no volvías a comer. También hay que tener nervios de acero o al menos, saber relajarse cuando te llaman de madrugada para decirte que la tortuga está "guiñando un ojo". O que la temperatura del agua del acuario de los peces está muy caliente. O cuando quieren anular una cita para la peluquería del día siguiente a las cinco de la mañana. O porque han detectado un granito en la piel ó una pulga ó te llevan una garrapata para que la veas ó una lombriz ó...... Y siempre te haces la misma pregunta.. " ¿qué hace ese señor/a a las 4-5 de la mañana mirando la tortuga o el agua del acuario o paseando con el cachorrito de un mes por la calle y lloviendo?".

Claro que estas cosas ocurren cuando tienes un servicio permanente las 24 horas del día y el cliente sabe que siempre va a encontrar a alguien. Ultimamente te confunden con las tiendas "24 horas" regentadas por chinos y te piden cualquier cosa hasta que se dan cuenta de que se han equivocado o bien hay quien te llama para que le des cambio, le dejes sacar un refresco de la máquina porque al niño le ha dado sed, sin contar con quien en horario de urgencias acude a comprar comida porque se ha quedado sin nada, o un collarcito o comprar una pastilla antiparasitaria porque le toca tomarla en unos días. Ya no nos acordamos cuando las urgencias se atendían desde casa y tenías que salir con el coche y en muchas ocasiones cuando habías terminado y regresabas o te habías metido en la cama, te volvían a llamar de otro lado. Quién no ha dicho (para poder descansar un poco) aquello de "bueno, dele usted un poco de aspirina y si mañana sigue igual lo lleva a la clínica". ¡ Bendita aspirina ¡.

Pero tan sorprendente e irritante son estas situaciones como las contrarias, cuando te encuentras con animales que han sufrido percances serios y no acuden a la clínica hasta pasados varios días. Bien cuando el dueño comprueba que no se curan solos, bien cuando el olor debido a alguna infección se ha hecho insoportable en casa.

Tampoco nos acordamos de cuando teníamos que atender algún animal en medio de la calle y rodeado por los vecinos. Con un ojo en el perro y el otro mirando que los niños dejaran en paz tu maletín. Esos maletines de urgencias que eran como hospitales en miniatura, en los que llevabas de todo; por si había un intoxicado, por si tenías que suturar, por si un accidente. Eso sí, la clínica no daba beneficios para comprar una furgoneta o coche de empresa hasta pasados unos años, por lo que los coches de los veterinarios eran al mismo tiempo ambulancia y coche familiar.

lunes, 12 de mayo de 2008

NOMBRES



Los nombres de los animales

Según el libro del Génesis, Dios puso nombre a los animales, pero claro, no contó que poco tiempo después se inventaría la televisión. Quizás tampoco pensó en que le saldrían competidores de su talla, como el malogrado Walt Disney. Y es que si nos concentramos y recordamos los nombres de los centenares de personajes de ficción, cubririamos más del 80% de los nombres de perros y gatos y demás mascotas.


Algunos de estos nombres se mantienen en el "top 10" desde hace muchísimos años; Laika (la primera perrita que fue al espacio), Lassy, Scooby, Simba, Rambo, Félix (en el caso de los gatos famosos). Quién no recuerda al increible Rin-tin-tin (ahora en su versión moderna con otro perro de la misma raza; Rex), el caballo Furia, Maya (por la abeja), Yacky y Nuca. Sería interminable listar a todos los personajes televisivos que dan nombre a las mascotas domésticas. Algunos de estos nombres han incluso llegado a sustituir el de la propia raza, como el de la "perrita Marilyn" para denominar al caniche. En otros casos, la confusión obedece más a una especie de dislexia cerebral crónica que padecen muchas personas. Cómo explicar que se tenga un " Rotenmayer" en lugar de un Rottweiller o un "bonsai", "donsai" ó "yonsai" en lugar de un Yorkshire. También hay quien tiene un "snaider" en lugar de un Schnnauzer e incluso algunos llegan a comprarlos con su piligrí (pedigree). Habría que saber que cuando un cliente te dice que tiene un "american express" no es que te vaya a pagar con tarjeta de crédito, es que se ha comprado un cocker americano. Del cocker spaniel Inglés pasamos al "cocker Spanglish" . Hay que saber lo que uno tiene entre manos, al menos que raza te has comprado, porque si te preguntan "..¿ es un cocker inglés", no hay que responder como aquellos clientes que dijeron... "pues no sabemos, los padres son de aquí". Si algún día un cliente os dice que tiene un "westinghouse" no creáis que es un electrodoméstico, sino un West Highland o Westy como también se le denomina coloquialmente, y no un "winy". De raza foxterrier era el "ferritier" que tuvo la suerte de que lo "amortizara" un toldo cuando se cayó de un edificio.


La guasa también está presente cuando le ponen el nombre del propio veterinario o palabras algo "malsonantes" como feo, tonto, putilla, chochín. Sobre todo a la hora de abrir la puerta de la sala de espera y tener que llamar al cliente por el nombre de su mascota, que suele ser lo habitual. Los más listillos pretenden reirse de todo el mundo, incluidos miembros de la policía, como el cazador que harto de que siempre le pidieran la documentación cuando iba a cazar, les puso a sus galgos "como tú", "que te importa" y "no me da la gana".

sábado, 10 de mayo de 2008

VACUNAS

La vacunación de los animales domésticos supone sin lugar a dudas uno de los pilares sobre los que se sustenta la clínica veterinaria. Tanto en la vertiente económica (en algunas clínicas puede suponer más del 50% de los ingresos) como en el aspecto socio-sanitario. Gracias a la vacunación generalizada y en ocasiones obligatoria (vacunación antirábica), se han podido erradicar enfermedades e introducir y mentalizar a muchas personas en el mejor cuidado de sus mascotas. Muchas personas sabían que tenían la obligación de vacunar su perro, pero en ocasiones (sobre todo personas mayores) te preguntaban con asombro si era verdad que a un animal también se le podía operar como a una persona e incluso si enfermaba podía llegar a curarse. De ese paso a preguntarte durante una revisión normal si le podrías clonar el perro, ha pasado poco tiempo. Aunque gracias al esfuerzo realizado por miles de compañeros, la consideración y "reconocimiento social" del veterinario ha mejorado mucho. Todavía en ciertas clínicas uno sigue siendo el "vitirinario" o el que "envacuna los perros" o como gritaba áquel; " ¡ nena, dile al practicante que hay que pinchar a la perra ¡".
Todo lo que se ponga con jeringuilla y aguja es una "envacunación" o en ocasiones "una endisión". Pero es normal que en todo lenguaje técnico, muchas personas confundan o adapten los nombres a su peculiar vocabulario. La vacuna trivalente (aquella que protege contra tres enfermedades), se transforma en "le han puesto la tridente" ó "la equivalente". Como se ha contado en otros capítulos, muchas personas te piden la "vacuna del mosquito" o la "vacuna del Líbano" (vease el apartado sobre Leishmaniosis).
Muchos años y paciencia ha costado conseguir que no se culparan a las vacunas de "hacer perder los vientos" al perro cazador, cuando este no servía para cazar y se le achacaba a la vacuna que le había puesto el veterinario. La picaresca llevaba a algunos cazadores que tenían varios perros a vacunar al mismo para conseguir la cartilla sanitaria para los demás. Es obvio pensar en el desenlace que tuvo ese animal después de la 5ª-6ª vacuna que se le inoculó esa tarde.
Es justo reconocer que las vacunas han mejorado mucho durante los últimos 15 años y que en ocasiones provocaban con más frecuencia de la deseable reacciones adversas. Y es que vacunar no es sólo el hecho de inocular una sustancia, como piensan muchos criadores de perros que vacunan ellos mismos a sus animales, sino que es un procedimiento que debe adaptarse a las circunstancias y particularidades de cada animal, considerando el hábitat donde va a vivir y su estado sanitario.
De no vacunar también hemos pasado a vacunar en exceso. En ocasiones muchos animales están vacunados de más y se les sigue vacunando contra enfermedades que son exclusivas de cachorros cuando son viejos. En algunas personas podemos constatar que existe tal obsesión y exceso de celo, que cuando le comentas que no es necesario, no te creen y prefieren seguir vacunando aunque el animal no lo necesite y anteponiendo este acto clínico a cualquier otra enfermedad que padezca el animal.

ANECDOTARIO I


Que un veterinario se dedique a contar anécdotas de su trabajo diario puede ser un tarea interminable. Creo que hay pocas profesiones (algunos desde luego también tienen "lo suyo") como las del veterinario clínico, en las que se den situaciones tan ridículas y en muchos casos surrealistas.

Muchas personas creen que el veterinario es aquella persona que lo debe saber todo, sobre todo tipo de animales (desde un mosquito a una ballena azul) y por tanto le compete a él cualquier asunto relacionado con el reino animal. No se entenderían si no, situaciones vividas en primera persona y por muchos compañeros de profesión:

*Que alguien te llame a la consulta para pedirte que vayas a tapar un agujero donde se refugian unos murciélagos es como si llamas al hospital y le dices al médico que tape la ventana de una casa dónde están viviendo unos okupas.

*Al igual que te pidan que quites un nido de abejas de su tejado o que vayas a buscar una supuesta "serpiente venenosa" que ha mordido a su perro y se ha escapado. Esto sería el equivalente de que el médico fuera a perseguir al delincuente.

*Que te pidan que vayas a casa a espantar a un zorro que se ha colado en el jardín, o subas a la azotea de un edificio para coger un buitre que han visto posarse.

*Que por teléfono sepas identificar cualquier reptil o insecto que han encontrado en la calle para saber si es peligroso o no y en ese caso quedárselo como mascota.

*Que vayas a levantar del suelo de un comercio a una perra que se ha colado porque es la hora del cierre y no pueden bajar la persiana.

*Que rescates a una paloma porque durante una competición los palomos van persiguiéndola.


Sería interminable seguir con historias de este tipo. Está bien que la sociedad española valore de forma positiva la labor de un veterinario y reclame mayores conocimientos y cuidados hacia los animales, pero no estaría mal usar un poco el sentido común y en ocasiones incluso el cerebro. Como aquel diálogo de besugos en una consulta en la que una persona preguntó al veterinario:

- " ¿ y Usted dónde estudió?"

- en la Universidad de Murcia

- ah, ¿entonces hizo Derecho, no?

- ¡ pero hombre¡, ¿no ve que soy veterinario?



Nuestra sociedad ha pasado de un estado en el que se despreciaban y estaban mal vistos los animales (salvo aquellos que tuvieran una utilidad práctica o productiva) a un extremo opuesto con un excesivo paternalismo, falso sentimentalismo y pseudo ecologismo de salón. Esto (sin querer menospreciar los aspectos positivos), nos lleva en ocasiones a ver situaciones tan tristes como la ocurrida hace unos años cuando unos inmigrantes llegaron al puerto de uno de los países más ricos del mundo, acompañados por una perra que había tenido cachorros durante la travesía y mientras las personas fueron tratadas como delincuentes y repatriadas, hubo miles de llamadas interesadas en adoptar y cuidar a los animales.
BULTITOS, SARNA, TIÑA Y DEMÁS LINDEZAS DE LA PIEL

Si hemos comprobado que algo preocupa a muchos propietarios de animales son las alteraciones de la piel. Es algo lógico, son problemas que todos podemos ver, tocar y el miedo a contagiarse parece mayor que si el animal tuviera una hepatitis o cualquier proceso interno no visible. Es también tan grande el miedo a padecer un tumor o cáncer, que muchas personas ante el más mínimo “bultito” o cambio de color de la piel o rozadura, acuden inmediatamente a la consulta por aquello de “así me quedo más tranquilo”. Esto en muchos casos es elogiable, porque por un lado demuestra el cuidado que se le dispensa al animal y por otro permite al veterinario detectar a tiempo problemas y establecer un tratamiento eficaz. Con frecuencia lo que vemos son los dos polos opuestos; el animal que viene con un bulto o masa espectacular, “pero como veía que no le dolía ni molestaba...” ó “ le ha salido esta mañana, ayer no lo tenía” ó “ ... no, si yo se lo estaba curando, pero ya hay un olor en la casa que no se puede vivir..”. O bien el extremo opuesto, con aquel cliente que busca, rebusca, discute con la pareja, “...¡ déjame a mi, que yo lo he tocado esta mañana…. y por ahí no es!”, le da varias vueltas al perro sobre la mesa de la consulta y acaban enseñándote algo que tu no llegas a ver ni tocar ni sentir.
Para preocuparse de verdad, la Sarna. Enfermedad que nos ha acompañado en el devenir de los tiempos, asociada a malas prácticas higiénicas y que parece encontrarse feliz compartiendo mesa y mantel con nosotros y nuestros animales de compañía. Al menos eso nos hace pensar la facilidad con la que se instala en las familias afectadas tan inquieto “bichito”, sobre todo a raíz de adquirir un pequeño cachorro que con la ilusión de los primeros días ha jugado y paseado por todos los rincones de su nuevo hogar. Esto también es común a la Tiña, enfermedad bastante contagiosa y con muy mala prensa, no en vano en el argot popular encontramos referencias bastante despectivas en relación a los animales que padecen tanto una como otra. Quién no ha oído alguna vez aquello de “parece un perro sarnoso” ó “está tiñoso”.
En algunos casos en los que propietario y mascota comparten enfermedad, parece existir una mayor complicidad o confianza con el veterinario y en algún momento me he visto en la situación de tener que examinar las lesiones del propietario/a, que con gran familiaridad y confianza suben y bajan ropajes para mostrarte la misma lesión que presenta su animal. A veces ese ímpetu y alegría en enseñarte su problema te hace pasar por situaciones algo comprometidas, que no por ser muy pudoroso ni recatado, si no por educación terminan con un “ ... ¡déjelo, no se moleste, déjelo, que ya me hago cargo..., pero mejor será que lo vea su médico de cabecera o el especialista ¡”

Situación comprometida aquella que viví a los pocos meses de haber conseguido mi primer trabajo en la Clínica del pueblo. Una mañana llegó a la consulta un matrimonio de mediana edad, sin ningún animal, que tras los saludos de rigor y varios circunloquios requirió la presencia de mi compañero, a la sazón, dueño de la clínica. Ante la imposibilidad de ser atendidos por éste y como al parecer tenían una cuestión urgente que realizar, se conformaron conmigo. Fue la señora la que directamente y “cogiendo el toro por los cuernos” me pregunto – “ mire, mi marido tiene unos bichos de esos que pican y corren mucho por ahí, por donde tú ya sabes, y él dice que se los ha pegado el perro, ¿eso es verdad ó mentira?-
Yo en mi candidez y con los conocimientos todavía frescos de la carrera empecé a disertar sobre la vida de las pulgas y la posibilidad de que saltaran sobre las personas y les picaran. El marido de forma inmediata contestó –“¡claro, has visto, si es que el perro se revuelca por todos sitios y luego se me sienta sobre las piernas!”- Pero la señora, con cara de pocos amigos, cortó la conversación – “ ¡ pero qué pulgas ni piojos, lo que tú tienes son ladillas, que lo se yo, y el perro está más limpio que tú !”.
En este caso el pobre animal no tenía la culpa, pero le querían “cargar el muerto”, y es que los hombres ya se sabe...

Las pulgas y garrapatas son otros de los habituales inquilinos de nuestras mascotas. Son motivo de gran preocupación por las enfermedades que pueden transmitir, y sobre todo por el prurito intenso que ocasionan en la piel. Los productos insecticidas que encontramos en el mercado para luchar contra estos insectos se cuentan por docenas y cada año son más completos y eficaces. Poco eficaz resulta ponerle al perro un “collar isabelino”, que como se sabe es una protección de plástico que se usa para evitar los lamidos y mordeduras tras los post operatorios o procesos que cursan con gran prurito, pero que no obstante le fue recomendada a una persona por otra que lo había probado. Existen tantos productos con nombres tan raros que no es de extrañar que lleguen a pedirte "collares anticurras pa las gachiporras" o lo que es lo mismo "collar antipulgas y contra garrapatas". También confundir el nombre de un conocido collar antigarrapatas (Preventic) por el del conocido test del embarazo humano "Predictor".






Cada año, coincidiendo con la llegada de las temperaturas más cálidas, comienzan los problemas. Muchos de estos productos resultan peligrosos si no son aplicados de forma correcta. No es extraño atender animales intoxicados por el mal uso de los insecticidas. En ocasiones, productos que se deben aplicar sobre la piel son administrados vía oral con la consiguiente intoxicación. Lo más habitual es excederse en la cantidad o aplicar productos que son de uso exclusivo en perro en los gatos u otros animales.
Las garrapatas, también llamadas "caparras" o "renos", según localidades, son acosadas y combatidas de muy diversas formas; hay quien las quema con un encendedor (esto no resultaría extraño a no ser que pensemos que el perro está debajo y sufre también la quemadura), las “emborracha” con whiskey, coñac, brandy u otras bebidas alcohólicas o las intenta extraer girando hacia la derecha o la izquierda, según le hayan indicado. Esto último es muy importante, porque si se lo has indicado tú como veterinario no tendrás mucho éxito a la hora de que te escuchen, pero si ha sido el vecino, le harán caso a "pie juntillas". Si el veterinario le ha dicho a alguien que embadurne a la garrapata con unas gotas de aceite, alguien irá diciendo que hay que bañar al perro completamente con aceite.
También escuchamos mucho aquello de que "he oído que si le pica una garrapata se muere al momento". O lo de que " si se le queda dentro la boca se muere".

Hay personas que no usan productos insecticidas para las pulgas, por un lado debido al precio, y por otro porque prefieren y tienen una gran habilidad para atraparlas con la mano. Hay muchas maneras de pasar el tiempo.

Algunas te dicen que "vienen a desratizar a su perro".
Otras sin embargo, no aceptan bajo ningún concepto que su perro pueda tener pulgas y lo consideran algo ofensivo. En estos casos, encontrar alguna sobre el animal que confirme tú diagnóstico es motivo de satisfacción, pero aún así, lo achacan a la mesa de reconocimiento o a la sala de espera.






LEISHMANIOSIS

La leishmania es otra enfermedad que compartimos las personas con los animales.
Está causada por un parásito unicelular que se sirve del mosquito
(en concreto de la hembra), para completar su ciclo y transmitirse. Es a la que muchos clientes se refieren como “la enfermedad del mosquito”, aunque estos insidiosos insectos son causantes de propagar multitud de enfermedades en todo el mundo, esta es la más temida por los amantes de los perros. En el perro el parásito logra acantonarse de tal forma que es imposible eliminarlo completamente del organismo con los tratamientos médicos actuales. Se sabe que el perro es un reservorio de la enfermedad y hasta hace unos años muchos veterinarios planteaban la cuestión de
eliminar o no los animales afectados, para evitar esa posible fuente de contagio. Pero hoy en día se sabe que no existe peligro de contagio directo por contacto al convivir con un animal enfermo, aunque éste presente heridas, ya que sería necesaria la intervención del mosquito para el desarrollo de la fase contagiosa del parásito; que chupara la sangre del perro y después a la persona, algo bastante improbable. Existe también la creencia de que afecta más a los animales de pelo corto, porque al mosquito le resulta más fácil acceder a ellos, pero en la clínica diaria nos encontramos animales de pelo largo afectados, al igual que animales pequeños que viven en el interior de casa.
Algunas personas preguntan por “la enfermedad de la playa”, y cierto es que en todo el arco mediterráneo y en concreto en España, la zona del Levante se considera endémica, pero no cabe achacarle exclusivamente a las zonas costeras el “privilegio” y la exclusividad de padecer una enfermedad que también se detecta en zonas de interior de la Península.
El nombre mismo de la enfermedad nos reporta conversaciones al menos curiosas. Hay personas que preguntan si su perro puede tener la “pipitosis”, u otras que llaman interesándose por la “vacuna contra el Líbano”. Lo que no causa ni la más mínima sonrisa, es saber que algún supuesto “compañero”, ha aconsejado y usado la vacuna contra la leishmaniosis o “contra el mosquito de la playa” en algunos clientes, algo cuando menos asombroso, al no existir de momento (aunque si está en investigación) ninguna vacuna ni tratamiento preventivo. Pero el desconocimiento, unido a la falta de información, es aprovechado por algunas personas faltas de escrúpulos más mercantilistas que profesionales sanitarios.

TOXOPLASMOSIS


La toxoplasmosis es una enfermedad parasitaria que afecta a la mayoría de los animales de sangre caliente, incluido el hombre. Es en las mujeres embarazadas donde supone un mayor riesgo, pues el toxoplasma causa abortos y alteraciones fetales. De hecho en nuestro país, todas las mujeres durante el embarazo son controladas mediante los análisis pertinentes para detectar la presencia o ausencia de anticuerpos contra esta enfermedad.
El gato es el hospedador definitivo de este parásito, es decir, es en él donde termina su desarrollo y resulta contagioso a través de los quistes que va excretando por las heces. Por esto, el gato es el gran “sacrificado” por los médicos, que en su gran mayoría recomiendan a la embarazada deshacerse de su mascota (a veces de todas). Pero bastante denostado ha sido durante toda la historia el gato, para que hasta nosotros los veterinarios, “echemos más leña al fuego”.
Por lo tanto me permito romper una lanza en su favor y hacer constar que está comprobado que existe mayor casuística por consumo de carnes crudas, poco cocinadas o verduras y vegetales que no se han tratado ni limpiado lo suficiente, que por causa del gato. Para que este fuera el culpable, se deberían tocar las heces (cuatro o cinco días después de la deposición, que es cuando los quistes eliminados se vuelven contagiosos) o comer carne de gato.


De esto se desprende que con una conducta higiénica basada en el sentido común, sin alarmismos, es perfectamente posible la convivencia. Muchas mujeres con anticuerpos contra la toxoplasmosis jamás han estado en contacto con ningún gato. Evitar tocar la bandeja de las deposiciones, alimentar con comidas comerciales de calidad, evitar el acceso a dormitorios
o lugares de íntima convivencia en la casa, son algunas medidas más razonables que el abandono de un animal por falta de información.























LA RABIA


Si hay una enfermedad animal que cause miedo y respeto al nombrarla es la Rabia. Incluso personas ajenas al mundo animal, o que nunca han tenido un animal de compañía saben que esta es una de las más terribles enfermedades que se puede transmitir al ser humano, de hecho es conocida desde la antigüedad. El principal motivo es que su mortalidad puede ser casi del 100% y su aparición y efectos muy rápidos. Se encuentra por todo el mundo, aunque hay muchos países libres de la enfermedad gracias a sus medidas obligatorias de vacunación y de cuarentena. Puede afectar a cualquier animal de sangre caliente, (todos los mamíferos) lo que hace que hasta una inocente vaca pueda volverse “loca” y agredir cualquier cosa que se le ponga por delante. Si sabemos que la transmisión se realiza por la mordedura (que ya es un hecho físico doloroso y a temer) y saliva de un animal enfermo, y que hasta el más plácido y manso animal puede afectarse, no es de extrañar que el temor y el desconocimiento hayan propiciado muchas leyendas y creencias infundadas.

Una de las más divulgadas es la que hace referencia a la enfermedad y al agua. Uno de los síntomas más característicos es la parálisis de los músculos maseteros de la cara y de la garganta, lo que produce un exceso de salivación y espuma en la boca, que ha llevado hasta no hace mucho tiempo a denominar la rabia como hidrofobia. Personalmente recuerdo un día de colegio en el que cundió el pánico porque entró en el patio de recreo un desafortunado perro vagabundo en el que todos creyeron ver gran cantidad de espuma por la boca y claros signos de locura. Inmediatamente nos encerraron a todos en las aulas, pero el incidente terminó como antiguamente terminaban muchos de los contactos de los niños del pueblo con los perros vagabundos, con una certera pedrada del más “lanzado” del grupo y con el famélico y quijotesco canino huyendo como alma que lleva el diablo en busca de mejor suerte y algún trozo de pan del almuerzo de algún niño. También de esta aparente relación de odio con el agua derivan ideas tan disparatadas como que un perro recién vacunado no puede beber agua o incluso comer, o la creencia de que por “el calor del verano, aparece la rabia”. Tal es el miedo y desconocimiento que en ocasiones han preguntado si después de la vacunación el perro podría irse andando.
En la práctica diaria podemos constatar que existe ese respeto y temor a la enfermedad de la rabia, cuando ante cualquier pequeño incidente protagonizado por un perro, bien sea agresión o cambio de comportamiento habitual, el propietario nos pregunta si “está rabioso”. En España no ha habido ningún caso declarado desde los años cincuenta, gracias a la labor de prevención con la vacunación obligatoria de todos los perros. No obstante hay que recordar que todos los años mueren personas por esta enfermedad y no conviene bajar la guardia.
Como muestra un botón

EL MOQUILLO CANINO


Una de las enfermedades víricas más conocidas de los perros es el llamado Moquillo. Como su nombre hace suponer es una enfermedad que cursa en un primer momento con un proceso catarral muy agudo, con gran mucosidad a nivel nasal y ocular, fiebre intermitente, además de otra serie de síntomas que van apareciendo conjuntamente o en el desarrollo del proceso, como son alteraciones dérmicas, gástricas o de carácter neurológico. Esta afección sistémica hace que sea una enfermedad muy desagradable de ver y tratar (si es que existe alguna que sea agradable), sobre todo porque afecta de manera más virulenta a los perros en sus primeros meses de vida.
El Moquillo canino está producido por un virus estrechamente relacionado con el virus de sarampión humano (de hecho, muchas vacunas están elaboradas con este virus atenuado). Es extremadamente contagiosa por contacto entre animales ya que el virus se excreta durante mucho tiempo por sus secreciones y carece de un tratamiento específico y eficaz. Este tratamiento se encamina hacia una mejora del bienestar (alimentación, higiene, equilibrio hídrico) y evitar complicaciones bacterianas secundarias.
No obstante, el Moquillo está rodeado de una serie de creencias que provienen del mundo rural, donde la enfermedad ha estado presente desde hace mucho tiempo. De este ámbito procede la idea de que el Moquillo es un “gusano” que hay debajo de la lengua del perro. Quizás esta idea estuviera basada en observaciones de algunos de los signos clínicos más comunes, como los movimientos convulsivos de masticación, abundante salivación y temblores de algunos músculos faciales que acompañan la fase nerviosa de la enfermedad. Lo verdaderamente curioso era el tratamiento, pues el diagnóstico estaba “claro”; cualquier cachorro con algún síntoma inespecífico tenía Moquillo. El tratamiento consistía en “arrancar el gusano” (que no era otra cosa que el cartílago sublingual o “frenillo”). Esto se hacía en vivo y con un cuchillo, navaja o gancho preparado a tal efecto por el pastor del pueblo, que tenía una dilatada experiencia (se cuentan por docenas) en estas lides. El resultado era excepcional, o al menos eso nos hacían ver los propietarios, que cansados de nuestras inyecciones de antibióticos, vitaminas, sueros y elevadas minutas, veían como su animal seguía cada vez peor y optaban por buscar alguien que les “sacara el moquillo”. Personalmente he hablado con multitud de clientes que te aseguraban haber visto el gusano moverse una vez arrancado y el perro empezar a comer, beber y mostrarse más activo al instante y de forma milagrosa. ¡ cómo no iba a correr y beber desesperadamente si le acababan de arrancar sin contemplaciones un trozito de su lengua !. Aunque sólo fuera por alejarse de allí y no perder nada más de su cuerpo, cualquiera se recuperaría hasta de la más irreversible de las enfermedades. Desde luego que han ocurrido curaciones, pero lógicamente achacables a diagnósticos equivocados y la falsa idea de que cualquier proceso febril o catarral en un cachorro era Moquillo. Esto quiere decir que muchos animales, padeciendo realmente la enfermedad o no, han sufrido tan cruenta mutilación. Los que curaban habían tenido la mala suerte de padecer un proceso con síntomas aparentemente similares al verdadero moquillo y hubieran sanado de igual forma con su anatomía completa. Los que realmente tenían el virus, volvían a la clínica cabizbajos reconociendo la mala evolución del animal y solicitando la eutanasia para evitar prolongar la agonía de su mascota. Estos eran los menos, porque lo que ocurría la mayoría de las pcasiones era que o morían en casa, o en virtud de ese orgullo que nos caracteriza se deshacían del perro por mediación del amigo de algún amigo, o se lo llevaban a otro veterinario para que realizara la eutanasia y de paso hacer ver el fracaso de nuestro tratamiento a pesar del dinero invertido.
Con la proliferación de Clínicas Veterinarias por todos los rincones del país, se ha producido una vacunación efectiva y masiva de casi todos los perros y en pocos años han disminuido en una gran proporción los casos y focos epidémicos que veíamos anteriormente. No obstante, todavía alguien me comenta que perdió algún perro de moquillo por vivir en la ciudad, que... “¡si lo hubiera llevado al pueblo se lo habrían quitado!”.

En otros lugares, además de “sacar el moquillo”, se recomendaba ponerle al perro un collar trenzado con esparto. Curar, lo que se dice curar, no curaba, pero el perro presentaba un “look” de lo más hippy.
En algunos lugares se usaba emplaste de brea sobre la cabeza del animal para aliviar o calmar los temblores convulsivos producidos por la fase nerviosa, pero nunca he tenido la ocasión de verlo.
Otra creencia relacionada con esta enfermedad es la del bañar o no bañar el perro. No tengo ninguna consulta de primera revisión en la que los propietarios no hagan mención de lo peligroso que les han dicho que es bañar a su cachorrito, “porque puede coger el moquillo”. Pero lo que más llega a sorprenderme es que esta información viene avalada en multitud de ocasiones por supuestos “profesionales” del ramo (léase criadores, vendedores, vecinos y oh!
si, cielos!, algún compañero que se deja llevar por esta inercia o pseudociencia). Hay quien te comenta que un perro no se puede bañar hasta los tres meses de edad (ni uno más ni uno menos), otros hasta el año (insufrible y sin comentarios...), los más, te preguntan si hasta terminar el calendario de vacunación. Siempre es grato dar tu opinión y educar al cliente en el mantenimiento de su mascota y todavía más gratificante cuando ves la cara de alegría de las señoras/es al decirles que pueden bañar a su animal cuando quieran (con un mínimo de sentido común sabiendo que debe secarse correctamente y no a la intemperie) y la cara de estupefacción del perro que se imagina la que le viene encima con el “frotar hasta sacar brillo” y esos “pestilentes (a su perruno entender) perfumes”. En muchas ocasiones uno se sorprende que el animal que te traen a la clínica no haya tenido ninguna enfermedad por los olores y suciedad que lleva y no por un siempre agradable y estimulante baño.